Tras la tempestad viene la calma

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En «Fahrenheit 451» se habla de tempestad. Y aunque el título de esta entrada está inspirado en un día nublado de una ciudad en la que sus habitantes dicen que de ella al cielo y un agujerito para verlo (verlo en masculino, porque es masculino el nombre de esa ciudad), corren tiempos malos para la poesía.

Más bien pareciera que, como en ese día dentro de la masa nubosa se podían apreciar huecos luminosos, ahora podemos disfrutar de momentos iguales.

Pero la conclusión es engañosa. Porque ya nada es igual que antes. Ni los meteorólogos tienen idea de lo que dicen, ni nunca ninguno de ellos ha pedido disculpas por sus errores. Más vale haber vivido en el campo toda tu vida y poder hacer pronósticos a muy corto plazo en la misma tierra, en el mismo campo.

Pero si hablamos de economía, preguntadle a los que saben y tienen contactos con datos contrastados sobre las fluctuaciones del mercado en todos los países globalizados y veréis como os reconocen que no tienen ni idea de cómo responderá la economía y menos de como puede manejarse. Antes la economía servía para explicar los hechos pasados. Ahora ya ni tan siquiera para eso.

Y ¿Qué haremos? Dejar que el conocimiento de estos hechos influya en nuestro estado de ánimo, nunca. Eso sólo es peor para nuestro ánimo, para nuestro propio yo. Por mi parte, lo tengo claro, procuraré ser señor de mí mismo y tratar a los demás de la mejor manera posible.

Pero sobre todo, seguiré tratando con el cariño de siempre a mis libros. No hablaré de ellos ahora porque no queda espacio para ello ni con todo el papel electrónico del mundo.

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El oxímoron «azul Fucsia»

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Sobre gustos no hay nada escrito y para gustos, los colores.

Pienso en este momento en lo absurdo que es forzarse a escribir sobre un tema que requiere mucho trabajo cuando uno trata de hacerlo sin molestar a nadie y con conocimiento de causa, a la vez que no siendo más que un aficionado con muchos años de interés por las Bellas Artes.

Encuentro una página escribiendo “Todos los colores azules” y me encuentro con que han llegado a reunir 108 de ellos, con un criterio que desconozco, pero no voy a entrar en eso.

El caso es que incluyen el azul Klein (IKB) sobre el que me apetecía escribir, pues en su día vi una exposición sobre este artista. El caso es que patentó su azul ultramar cuando en realidad sus cuadros realizados con este color son famosos por su modo de realización, empleando modelos desnudas embadurnadas con el mismo, y por el resultado de las manchas conseguidas tras hacerlas entrar en contacto con el lienzo. Total, que ya no me apetece.

A mi el color que más me gusta, porque me parece que es el más femenino, al menos esa impresión he sacado porque lo aprendí de mujeres y jamás había conocido a ningún pintor que le diera dicho nombre a ese color, es el color fucsia. Se trata del color de la flor de una planta y, consecuentemente, su color es variable de una a otra y de un momento a otro de su vida, como en todo ser vivo.

Unos azules tienen el nombre del material de que se componen y otros hacen referencia a dónde se observan, como el celeste (del cielo) o el ultramar (de más allá del mar).

Y esto me trae a la memoria las palabras de Lanza del vasto en su obra “Principes et préceptes du retour à l’évidence”: «Amas al mar, que para ti no es más que un desierto en el que el viento siembra y recoge la espuma. El mar, indiferente en la bonanza y amenazador en la tempestad, no puede darte sino frío, amargura y muerte. Y tú lo quieres porque lleva el rostro del cielo multiplicado. Ama a los hombres así, amigo y no esperes nada más, ni ninguna otra cosa».

Gracias a un amigo borgeano al que aún no le he leído nada sobre el aleph, he conocido la existencia del cianómetro y también he observado los errores que se vierten con el Prusia relacionándolo con un dispositivo (no me atrevo a darle el nombre de aparato) que no necesita utilizar más que el blanco, el negro y el cian.

Y, en fin, gracias a mi interés por los colores, y como ejemplo de todo lo que uno puede encontrar en el mercado, traigo a colación esta fotografía de un color que yo recordaba como “color carne”, lo cual es una memez como la del fucsia, y que ha resultado ser, cuando he localizado la fotografía que hice en una papelería de Sevilla, “color rosa retrato”

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Para terminar, recurro a mis libros en azul, que tengo unidos unos a otros por las temáticas y cuyo denominador común es el azul, como por ejemplo “BLAU DE PRÚSSIA”, de Albert Villaró, cuyo lomo, al estar metalizado, ya no es el tono de azul de Prusia, y encuentro “El azul de la Virgen” de Tracy Chevalier, en cuya página preliminar cita a GOETHE y su Teoría de los colores. Esta circunstancia me ha hecho disfrutar de: http://www.psicologiadelcolor.es/johann-wolfgang-von-goethe-y-la-teoria-del-color/

Y esto es todo. Creo que he conseguido ser breve.

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¡Por fin pintaré mis huevos!

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Ayer fui a ver a mi amiga Carmen, a su taller de pintura, para ver si guardaba la bata que mi mujer decía que yo había dicho que era una mierda y había tirado. No es que yo estuviera seguro de no haberlo dicho, puesto que uno no puede nunca estar seguro de no haber dicho algo, solamente puede estar seguro de no recordar haberlo dicho, como era mi caso, sino que me resultaba extraño en mi, el comentario de la mierda de la bata. Porque una bata de pintura es una bata de pintura y, por muy manchada de pintura que esté no se deshecha, antes al contrario, en mi caso, que utilizo acrílicos, las manchas de pintura le proporcionan mejor protección contra las manchas de las vestiduras que resguardas.

En su percha estaba mi bata. Carmen me tenía guardado mi ejemplar de la novela humorística Escorpión y Félix de Karl Marx, que yo terminé de leer el 23 de junio de 1975, y además mi caja labrada conteniendo mis huevos de gallina, uno sin empezar, para el que pienso utilizar a Fattori (Las aguadoras Liornesas, 1865) y el otro que hasta esta madrugada no he conseguido recordar que era del prerafaelista Dante Gabriel Rossetti. Y no sólo eso, una bolsa bien cargada de pinturas acrílicas y pinceles sintéticos en perfecto estado, sin utilizar.

Y es que no sólo eso, sino que, cuando salía hacia la parada de autobús para volver a mi casa, oí unos gritos («Ilde, Ilde…») que me hicieron detenerme. Era mi amiga Esperanza, psicóloga clínica, con la que estuvimos hablando de las relaciones de pareja, de que nunca puedes llegar a ponerte en el lugar del otro porque nunca terminas de entenderlo y de cómo yo nunca había entendido que mi compañera de trabajo Amparo, de cuando trabajaba en la oficina de Huelva del Banco Internacional de Industria y Comercio, fíjate si seré antiguo, me dijera que ella se iba a una habitación a oír su radio y leer sus libros y su marido a otra a hacer lo propio.

Yo no lo entendía porque, en aquél entonces acababa de pasar de botones a auxiliar y el banco acababa de ser absorbido por el Banco Central en Huelva. Ya en aquel entonces, existía el Banco Urquijo, donde terminé trabajando. Lo he hecho en el Banco Popular Español, que aún existe como tal y en el Banco Exterior de España, que era banca para-estatal y luego pasó a llamarse Argentaria. Existían el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya hasta que se fusionaron en el Banco Bilbao Vizcaya. Luego absorbieron a Argentaria y pasó a ser Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, alias BBVA.

Ahora, ya, lo entiendo. Me refiero a lo difícil que es la convivencia en cualquier ámbito y a la solución de estar cada uno a sus asuntos. Son, evidentemente, los años. Mi amiga Esperanza enviudó hace un par de ellos y ya está mejor de ánimo. Me aconsejaba relacionarme. Yo argüía que, al fin y al cabo, tampoco se aprende tanto y que stultorum infinitus est numerus (Ecc, 1.15) que dice la Vulgata, y que en román paladino y refranero se dice: Si los idiotas volaran no veríamos nunca el cielo. Puede cambiarse idiotas por las iniciales de la marca Hewlett-Packard o colocar imbéciles en lugar de idiotas o combinar hp con i al 50%. El caso es que su número es infinito más trescientos, como decía mi nieto mayor. Así indicaba una dimensión incluso superior al infinito. Eso dejó de hacerlo hará dos o tres años; ahora, ya con ocho años y nueve meses, ha aprendido que eso no tiene sentido. Por cierto, que también puede decirse estultos y es perfecto castellano.

A propósito. Me tienen harto ya los políticos con lo de no consentir determinada cuestión ni por activa ni por pasiva. A nadie se le ocurre decir no entraremos en tal pacto de ningún modo, o de ninguna de las maneras, o ni de un modo ni de otro, o ni de perifrástica activa ni de perifrástica pasiva, puestos a ser pedantes y a rizar el rizo.

Mi amiga tiene razón, en parte. Pero eso no quiere decir que tenga que apuntarme a ningún tipo de actividad. Puedo perfectamente errer, flâner, vagar, pasear sin rumbo… Y enrollarme con cualquiera como habitualmente hago.

Pero claro, no se trata de aprender. Se trata de mantener diálogos para besugos. Aunque para ello no hace falta vivir en la 13 rue del percebe. Quedarse a gusto después de haber tomado unas cañas.

He conseguido una mesa en mi habitación para hacer los pergaminos y para pintar mis huevos. Ya sé, como decía más arriba, quién es el autor y el cuadro de donde copiar mi huevo empezado, el izquierdo según está colocado en su caja: Se trata de Dante Gabriel Rossetti y su cuadro de 1872 The Bower Meadow (El Cenador del Prado).

Y ya, decido leer, en honor de mi amigo Borgeano el prólogo de Jorge Luis Borges a la obra de Herman Melville «Bartleby el escribiente» (Prólogo de Jorge Luis Borges) de la colección Literatura Alianza Editorial. Y voy a donde lo recuerda mi memoria visual y lo encuentro, pero no tiene prólogo. Pero si yo –que según dice Borgeano, todo lo anoto– he escrito Prólogo de Jorge Luis Borges (donde había escrito sobre el tema, ya he anotado prólogo de Borges para que me sea más fácil encontrarlo) es que tiene que tenerlo. Total: Que efectivamente, lo tiene. Que tengo dos libros. Y que, con la tontería de los editores de hacer la cosa (por la cosa me refiero a la portada) bonita, ahora mismo no sé si la obra lleva o no coma detrás del escribiente, cuyo apellido supongo que lo es, pero podría ser también nombre de pila o apodo según opiniones respetable. Eso sí: Apuesto por la Be mayúscula.

Y, en fin, todo llega a su fin. Termino de leer el prólogo de Borges que me ha parecido espléndido y me ha recordado mi ejemplar del ensayo de G. K. Chesterton a que hace referencia el título de mi libro: «Los libros y la locura y otros ensayos». Y que, esto de escribir es una forma de hablar consigo mismo. Y aquí me vienen a la mente los versos de Machado (…mi soliloquio es plática con ese buen amigo…) y el título de una magnífica obra de Miguel Delibes: «Pegar la hebra»

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Sakaralik Tifón

IDR 20160204Ésta es la palabra con la que me desperté soñando el pasado sábado 30 de enero a las 09:17h. Ya entonces decidí que sería el título de esta entrada.
Hace tiempo que le comenté a Mónica López Soler que su máquina de escribir me recordaba la flauta mágica de Ingmar Bergman.
Y por fin, hoy quiero rememorar cómo era la máquina de escribir de mi padrino, con la que conseguí aprobar las oposiciones al Banco Popular Español cuya carta de bienvenida del 22 de mayo de 1968 aún conservo. Tenía entonces yo 17 años recién cumplidos el 7 de marzo.
En octubre de 1969 empecé el primer año de la Licenciatura del plan 1953, curso selectivo, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona.
Previamente hube de aprobar el curso Preuniversitario en febrero de 1969, creo. Me matriculé en junio de 1967, pero tener que sacar las oposiciones bancarias (fracasé en la Caixa) me hizo muy difícil el aprobado en septiembre. En junio ni me presenté.
Y bien. Hará años estuve en el Museo del ferrocarril, de Madrid, en la exposición “QWUERTY”, buscando el modelo de la máquina de escribir de mi padrino, con la que me preparé para el examen para auxiliar administrativo.
Después de asombrarme con toda la evolución de las máquinas de escribir más diversas y antiguas, sin ver la que me interesaba, pregunté a un visitante de mi edad por la máquina Underwood que yo buscaba, sin cinta para escribir.
Me contestó que no la había visto, pero me informó de dónde podía ver la primera máquina de escribir con tan solo 27 teclas para las letras, cuando antes llevaban 54, 27 para las mayúsculas y 27 para las minúsculas. Era un mueble como las máquinas de coser de nuestras abuelas, pero en vez de tener abajo una plataforma oscilante que se manejaba indistintamente con uno de los pies o con ambos, tenía un pedal como el embrague de un coche moderno en su lado izquierdo. Era el antecesor de la “moderna” tecla de fijación de las mayúsculas en las máquinas de escribir que ha subsistido en los teclados de los ordenadores.
Pero me fui muy contento de haber visto tanta maravilla y muy contrariado por no haber encontrado la que buscaba. La máquina con la que yo aprendí a mecanografiar para superar el mínimo de pulsaciones que entonces pedían para pasar el examen, además de los conocimientos de derecho administrativo, contabilidad y otras materias que ya he olvidado.
¿Y cómo escribía la máquina de mi padrino si no tenía cinta? Pues mediante un tampón entintado que, cuando se veía que escribía ya muy tenuemente, se volvía a entintar mediante un tubo de tinta. Cuando se gastaba el tubo se compraba otro y supongo que cuando el tampón estaba tan viejo que se rasgaba, se cambiaba o se llevaba a cambiar por otro.
La cuestión funcionaba de la siguiente forma: Debajo del rodillo estaba el tampón, en forma de sección de cámara de rueda de bicicleta, como un arco de óvalo por su parte más larga, con un contenedor metálico y la esponjilla llena de tinta y con todos los tipos de la máquina depositados en la seda que cubría la misma. Cuando pulsabas una tecla, entraba en juego el mecanismo de la varilla que contenía el tipo de la letra. No era una varilla como la de una máquina moderna, que va del pie del rodillo hacia el lugar de las teclas reposando en ese arco, sino que en realidad, para cada tipo había dos varillas unidas en un codo articulado que descansaba en el lugar donde descansan los tipos de una máquina moderna.
Cuando pulsabas las teclas, los tipos se levantaban del tampón, iban hacia el mecanógrafo y luego hacia el carro que sostenía el papel, grababan en el mismo la letra y deshacían el camino a la inversa, hacia el mecanógrafo y a su posición de descanso en el tampón entintado, para estar preparados para la siguiente pulsación en que se le requiriera.
La composición que encabeza esta entrada está hecha con dos fotogramas de la película “La flauta mágica” de Ingmar Bergman, que me fueron recordadas por la máquina de escribir que tiene Mónica publicada en alguna parte que ahora mismo no recuerdo, pero que ahora forma parte de mi montaje.

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DE INSULA NIGRA

IDR 20160201 ¡Dos meses!
El 1 de diciembre de 2015 dejé de fumar, de manera que hoy, 1 de febrero de 2016 se cumplen dos meses (8 semanas, 6 días y 13 horas) sin fumar.
Digamos que progreso adecuadamente. El sábado estuve cenando en casa de mi cuñado cuando fuimos a ver a mi suegra y él fuma. Ni me molestó ni me apeteció, ni siquiera comenté que hoy llevaría dos meses sin fumar.
Es como si el no fumar se hubiera convertido en algo normal en mi vida.
De todos modos, no bajo la guardia. Cualquier día me sorprendo soñando de nuevo con que fumo. ¡Ja, ja, ja! Últimamente soñé durante tres días seguidos (el último el 23 de enero pasado, día de mi santo, lo cuento en mi entrada “De Tintini et Miluli Facinoribus”) con el maldito tabaco. Y sin dar una sola calada ni en sueños…
Por cierto la primera “De Tintini et Miluli Facinoribus” (Las aventuras de Tintín y Milú) que leí en latín fue “De Sigaris Pharaonis” (Los cigarros del Faraón). Y la única. Ha sido buscando una que tengo en griego moderno en griego clásico cuando he descubierto esta “De Insula Nigra” (La Isla Negra). Y, o poco me conozco, o terminaré por comprarla.
Ayer domingo estuvimos con nuestros nietos y le di al mayor un caramelo de mentol fortísimo. No me preguntó si había fumado. Creo que ya tiene asumido que no fumo. La última vez que me preguntó y le dije que había fumado uno hacía unos días me dio un tirón de oreja (la derecha) que aún me duele.
El pequeño (cuatro años recién cumplidos) se vino conmigo a ver pájaros y caballos.
Tengo pendiente un artículo sobre la máquina de escribir de mi padrino, que me recuerda la ilustración de arriba, un fotograma de los tres espíritus que ayudan a los protagonistas de “La Flauta Mágica” de Ingmar Bergman, Tamino y Papagano, a encontrar lo que buscan.
El explicar en qué se relaciona un globo aerostático con una máquina de escribir sin cinta me llevará un buen trabajo que espero me satisfaga y me permita ofrecérselo a la persona que tiene la máquina de escribir que me ha recordado la ilustración que encabeza esta entrada.

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La ciencia en la actualidad.

ID 20160129Ayer terminaba mi entrada indicando que había trabajado para el libro en pergamino de mi nieto Eduardo, pero que eso lo explicaría hoy.
Y paso a hacerlo. Había descubierto un texto en el pergamino de mi nieto, correspondiente a la entrada de las 07:28 del sábado, 14 de julio de 2007, cuando el niño tenía diez días de vida. Le cuento que le copio un texto que hice para su madre, cuando estaba en el colegio, pero luego he visto que más bien es de primero de su ingeniería informática superior, para una charla. Y le indico que el texto lleva fecha del doce de enero de 2001. Pues bien. Lo que hice fue editar la página 133 donde se había deslizado el error. Afortunadamente, todavía no he llegado a esa página en pergamino.
Hoy tan sólo he podido imprimir nueve páginas que he descubierto me han desaparecido. Las necesito para seguir copiando en el sexto cuadernillo. Y rayar una página para escribir mañana.
Y nada, copio seguidamente el texto, tal cual, aunque pueda estar todo lo desfasado que suponen quince años, pero así son las cosas:

La ciencia en la actualidad.
Es imposible hablar de los avances científicos en la actualidad si no hacemos referencia a lo que ha sido la ciencia en el pasado. Y no podemos resumir en el breve tiempo de una charla lo que sería tema para una tesis o para un libro.
Sin embargo, yo voy a remontarme al libro del Génesis, el primero del Pentateuco, en el que se nos relata el mito de la creación y del pecado original: éste no es un libro científico, sino teológico y sin embargo, en él se distinguen dos autores: aparece primero el sacerdotal, más reciente, que se distingue por tener un proceso “científico” más elaborado, no propiamente judío, y el segundo, anterior en el tiempo, el yahvista, en el que ya se nos habla del mandato y de la prohibición de Dios y que da paso al mito del pecado original que es lo que nos interesa con respecto al tema que tratamos. En el capítulo III, versículo 5, dice la serpiente: sabe Dios que si coméis del árbol de la ciencia del bien y del mal no moriréis sino que se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. ¿Qué pecado existe en eso? En el lenguaje hebreo expresa el conocimiento de dos antónimos de equivalencia al conocimiento de todo. Y ¿es malo querer conocerlo todo? No; simplemente, para el teólogo que está escribiendo el Génesis, explica el pecado de su tiempo, querer anteponer el conocimiento, el poder y el dominio del hombre sobre la Tierra a Dios mismo. Con esta introducción quiero poner de manifiesto que ya en el siglo X y en el siglo VI antes de Cristo se planteaba el problema de la Ciencia.
Ahora podríamos definir qué es la Ciencia, pero no se trata de ir al diccionario: «Conjunto coherente de conocimientos relativos a ciertas categorías de hechos, de objetos o de fenómenos. Cada rama de ese conocimiento que se considera por separado. Por oposición a Letras: disciplinas basadas, fundamentalmente en el cálculo y la observación». Esto es un error. Hoy en día todas las materias sean de “ciencias” o de “letras” se estudian con un método científico.
Menos aún se trata de entrar en disquisiciones filosóficas acerca de la clasificación de la ciencia en ciencias físicas y metafísicas, etc…
La ciencia en la actualidad, como en los tiempos en que se escribió el Génesis, ha pasado a ser el ídolo de nuestra civilización. No hace falta estar muy versado en el tema para ver la fama que tienen científicos como Stephen W. Hawking (si no, ver la tirada de su libro historia del tiempo), los avances en astronomía, en medicina, en genética (pensar en la clonación humana que ya es posible después de haber clonado monos)… en inteligencia artificial (a pesar de que un ordenador (*) haya ganado a Kaspárov, todavía eso no es inteligencia artificial, pero está cerca). Falta mucho para imitar a nuestro cerebro: sobre todo, falta conocerlo. La hendidura sináptica, según sabemos hoy, mide aproximadamente 200 ångströms de ancho (es decir, 20 Nm = 20-5, ínfimo margen de distancia en el que se sabe que tienen lugar los fenómenos cuánticos.
Albert Einstein no sólo demuestra matemáticamente la teoría de la relatividad, E = Mc2, sino que dice que Dios no juega a los dados con el Universo y escribe un libro, “Mi visión del Mundo”, en el que implica su vida con su teoría. Y Newton descubre la suya por una “inspiración” cuando se encontraba tumbado debajo de un manzano. Del mismo modo, podemos decir que el poeta americano WALT WHITMAN estaba inspirado en “HOJAS DE YERBA” cuando escribía “YO NO CREO QUE EL TIEMPO DE UN HOMBRE O DE UNA MUJER sean setenta años, o que sean setenta millones de años el tiempo de un hombre o de una mujer, ni creo que los años vayan a poner fin alguna vez a mi existencia o a la de cualquier otra persona”.
El sacerdote católico Francois Brune dice por T.V. que está convencido de que pronto se podrá demostrar científicamente la existencia de Dios. Mientras tanto, aparecen nuevas enfermedades, como el Sida, contra las cuales luchan incansablemente los científicos para ver si encuentran una vacuna o un remedio. Y otros científicos se dedican a aplicar los descubrimientos de la ciencia para inventar nuevas armas cada vez más mortíferas. Los estados, por otra parte, dedican cada vez más dinero a la investigación, en relación a lo que se dedicaba antes, pero siempre para grandes proyectos, como para el gran acelerador de partículas francés.
Yo espero que los gobiernos del mundo se dediquen a luchar por la paz y la justicia social, de forma que todos tengamos acceso a una mejor educación y los estados puedan dedicar más presupuesto a la formación superior y a la investigación científica que redunde en bien de todos los hombres.
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(*) El “Deep Blue”, el superordenador diseñado por IBM, tiene 32 procesadores en paralelo y 512 chips, siendo capaz de calcular más de doscientos millones de jugadas por segundo, puede “repasar en su memoria” un millón de partidas de los mejores jugadores de ajedrez del mundo de todos los tiempos y aprender de sus propios errores.

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Hoy es Santo Tomás de Aquino, el Buey Mudo.

ID 20160928Eso me ha hecho recordar que en mis tiempos, allá por 1960, cuando llegué con 9 años a Barcelona, con mi ingreso en el Bachillerato aprobado en Cáceres, en junio de ese año, me hicieron repetir el ingreso porque iba demasiado adelantado y, como era un colegio nuevo, así se aseguraban. Eso me ha costado perdonarlo. Y que desde los cuatro años, cuando había aprendido a leer, hasta que me marché de allí, mi cumpleaños, el 7 de marzo, no tenía que ir al colegio, pues era Santo Tomás de Aquino. Se celebraba, como es regla general en todos los santos, el día de su muerte. Y, por consiguiente, mi cumpleaños en Cáceres, siempre fue, para mi, festivo.
Hace dos años, en Sevilla, en torno a la festividad de San Alberto Magno, 15 de noviembre, que le puso al santo de mi cumple, alumno suyo, el apelativo que encabeza esta entrada, descubrí Alberti Magni De laudibus beate Mariae Virginis, de donde voy bajando páginas a mi ordenador, trabajo que tenía bastante olvidado, dicho sea de paso.
Así que ya conozco al patrón de los estudiantes y al patrón de los científicos, además de al patrón de los escritores, S. Fco de Sales, que se celebró el pasado 24 de enero, no coincidiendo tampoco con el día de su muerte, el 28 de diciembre, día de los inocentes.
Y esto me lleva a que, cuando uno se va haciendo mayor, ve desfilar ante sus ojos la historia que se repite, como en la fotografía que encabeza estas líneas, con cuatro reproducciones distintas de la Anunciación de Antonello da Messina. La más antigua es la mía, del 11 de diciembre de 1970, realizada por mi en 24 x 34 cm y con lápices cera. Las tres siguientes son de los autores de los libros que se ven delante de mi ordenador, que ahora desconozco porque no los tengo a mi alcance. Los libros son: ·Elio Vittorini. Conversación en Sicilia. Traducción de Carlos Manzano. GADIR. Septiembre 2004. ·Andrea Camilleri. Las ovejas y el pastor. DESTINO. Octubre 2007. ·El evangelio secreto de la Virgen María. Santiago Martín. BOOKET. Noviembre 2005. Por el orden en que los fui comprando, tan pronto los vi.
Hoy he trabajado para el libro en pergamino de mi nieto Eduardo, pero eso lo explicaré mañana.

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