Tengo que volver a ver esta exposición

Me refiero a la que he visto esta mañana gracias a mi amigo pintor que tiene tan buen criterio para elegir éstas y que hemos visto en la Sala de exposiciones Recoletos y puede visitarse hasta el próximo 7 de enero. Tengo un par de meses para ir armado de bloc y bolígrafo para resumir las cartelas que más me interesan. Me refiero a «ZULOAGA EN EL PARÍS DE LA BELLE ÉPOQUE, 1889-1914».

20171025 Ildefonso Díaz y Maurice Barrès

 

Me ha interesado especialmente el retrato de Maurice Barrès, 1913, y, sobre todo, el libro que sostiene en sus manos y su relación con el cuadro de Toledo de El Greco, pero muchos otros cuadros, de él y de otros. Jamás en mi vida he visto exposición que me haya gustado tanto como ésta.

Naturalmente, la fotografía con Barrès y el fondo de Toledo, no es de la sala, sino del ascensor y se la debo a mi citado amigo, que, además de buen pintor, es un estupendo fotógrafo.

Pero vaya, que lo que pretendo es hablar aquí del motivo que me exime de publicar nada más por hoy en el blog que dedico específicamente al libro que le estoy haciendo en pergamino y con letra gótica e ilustraciones a mi nieto Eduardo. Dice su abuela que le tengo que hacer otro a su hermano Daniel… y me da la risa.

En fin, que coloco el enlace a mi página y me voy a cenar:

Lo único que he podido publicar hoy sobre mi libro

 

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Apenas tengo tiempo para nada

No se pueden tener tantas aficiones.
Apenas queda tiempo para nada, pero hay que saber priorizar. Éstas son ahora las mías:
http://migranlibro.blogspot.com.es/2017/09/escrito-el-miercoles-13-de-diciembre-de.html

Ahora me falta ponerme un horario y cumplirlo. Hoy, ya no puedo hacer nada más.

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San Eduardo, Sanchinarro y centro comercial con lluvias

Cuando hace un par de días miré mi agenda para ver mi cita hoy con mi médico internista, vi que hoy era san Eduardo y que por tanto, habríamos de felicitar a nuestro nieto mayor. Pero mi esposa me dijo que lo celebraban en otro san Eduardo. Sin embargo yo estaba en lo cierto, era hoy, como lo pudimos ver cuando nuestra hija nos mostró una fotografía de nuestro nieto mayor (nueve añazos) a las 9:01 de la mañana, yo a punto de marchar al Hospital Universitario HM Sanchinarro, que mira que tiene un nombre complicadito.

El tiempo esta mañana aconsejaba coger el paraguas, pero no me fue necesario en absoluto. En otra ocasión llevaré uno plegable, es más cómodo, sobre todo si vas leyendo el periódico en la tableta electrónica que llevas en la cartera donde cabe perfectamente el paraguas además del libro que traía para leer en el trayecto de vuelta.

A las 12:05 ya estaba de vuelta en el metro ligero, donde hice esta fotografía que espero mi hija le haya enseñado al menor de nuestros nietos, Daniel, a quien le encantan los trenes.

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Es la primera vez que utilizo el metro ligero y he de decir que, para mi, ha resultado una experiencia desconcertante y entrañable.

Cuando estuve de vuelta en casa, el tiempo había cambiado respecto al de primera hora de la mañana. Concretamente, a las 15:19:45, desde mi ventana, tenía esta pinta:

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El caso es que al poco ha llegado mi esposa y me ha propuesto salir a hacer un par de compras que nos interesaban a ambos y hemos llegado satisfechos a casa.

Ahora falta ver qué tal queda este procedimiento de edición y me declararía el hombre más feliz del mundo si me resulta útil. Veamos, porque ya se me está haciendo tarde.

Bueno, no ha estado mal.

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Una terraza en las nubes

León era funcionario. Trabajaba en Madrid, en el Ministerio de Sanidad, como economista, en el Departamento de Estadística. Su puesto de trabajo era, como el de cualquier funcionario, una de las pocas cosas seguras que había en su vida. Sus dos últimas relaciones sentimentales le habían dejado, tras su fracaso matrimonial, la sensación de que su vida carecía de sentido. Lo único que le anclaba a su ciudad era su trabajo y ahora estaba pensando abandonarlo. La mayor parte de su nómina iba directamente a la cuenta de su ex, la madre de sus tres hijos.

Aquella mañana se despertó con la impresión extraña que le sobrevenía siempre que tenía aquel sueño. Decidió que no iría a trabajar. Todavía no había sonado el despertador, de manera que no podía llamar al trabajo para dar una excusa. Decidió llamar desde la calle. Se lavó los dientes y se duchó, pero decidió no perder el tiempo en afeitarse. Salió de su pequeño apartamento de divorciado en la Calle de Las Huertas, enfrente de “The Variety Tavern” y bajó hacia Atocha, evitando el Ministerio por si acaso y cruzando por enfrente del botánico subió el Paseo del Prado con la idea de desayunar en el bar de los Jerónimos, al lado de la Asociación de Amigos del Museo del Prado.

—Buenos días, Victoria. ¿Un café con leche y un cruasán?

—Ahora mismo, León. Hoy te has caído de la cama.

León, absorto en sus pensamientos, no contestó. Desayunó rápidamente y dejó unas monedas. «Esto se tiene que acabar. No puedo más. Apenas veo a mis hijos, ellos no parece que sientan nada por mí y su madre me tiene hasta las narices. ¿No quiere realizarse? Pues que se realice, pero no a mi costa». Salió sin decir adiós. Bajó al Paseo del Prado y decidió pasear hacia la Plaza Castilla, rumbo norte, pero sin más preocupación ni objeto.

«Al fin y al cabo, soy licenciado en medicina aunque no esté colegiado. Seguro que en Barcelona puedo defenderme estupendamente para vivir yo solo, trabajando de forma esporádica en lo que sea y sin estar sujeto a una nómina que me puedan embargar».

«Seré el padre de las criaturas, pero está claro que lo único que necesitan de mí es mi dinero, de manera que va siendo hora de que su madre se espabile. Yo ya he estado pasándoles los “alimentos” durante diez años. Ya no aguanto más».

Absorto en sus pensamientos, había llegado, sin darse cuenta, a la altura de María de Molina. Eran ya las nueve y media de la mañana. Buscó un lugar apartado del ruido del tráfico y llamó al trabajo para decir que no se encontraba bien. Algo muy dentro de él le hacía tomar esa precaución, a todas luces inútil si llevaba a término su idea de dejar el trabajo.

«Espero que Jaume me eche una mano en Barcelona. Cuando haya aclarado mis ideas, le llamaré. Quizá esta tarde a su casa. Además me vendría bien que me ayudara a buscar un sitio donde vivir a buen precio, hasta que encuentre un trabajo».

Llegó a Raimundo Fernández Villaverde y cruzó la Castellana con la idea de vagar por “El Corte Inglés”, eso le ayudaría a centrarse. Le costaba pensar con claridad, olvidarse de su sueño.

Apenas había caminado dentro de los grandes almacenes, cuando al lado de la peluquería de caballeros apareció ante él la “Semana de la Magia”. Nunca hubiera creído poder encontrar algo así en tan importantes almacenes. Se distrajo mirando velas de magia y otros objetos de ritual que se vendían en los distintos tenderetes; porque, estaba en El Corte Inglés, sí, pero había tenderetes. No encontraba palabra más adecuada para definirlos.

De pronto, la cara agradable de la “maga Griselda”, nombre que a todas luces era un alias, le hizo plantearse consultarle el sueño reiterativo que tantas veces le había inquietado durante su adolescencia y que esta madrugada le había hecho despertar con tan extraña impresión.

«¿Llevaré dinero suficiente, admitirán tarjetas?» Se preguntó. Vio el precio en un discreto cartel, con detalle según las distintas prestaciones. Y sí, podía pagar incluso con la tarjeta de “El Corte Inglés”.

La maga Griselda estaba preparando algunos trabajos, pero no tenía a nadie en su “consulta”.

—Buenos días.

—Hola, buenos días. ¿Puedo ayudarte?

—Pues no lo sé. No es que yo crea demasiado en estas cosas, pero…

—¿Has oído hablar de la quiromancia?

—¿La supuesta adivinación por las rayas de las manos?

—Sí, pero nada de supuesta. Es un saber muy antiguo y con bases científicas. ¿Hacemos una prueba?

—No. Prefiero probar otra cosa. ¿Sabes interpretar sueños?

—A ver. Prueba. Cuéntame el que te preocupa. Porque hay uno que te preocupa ¿Verdad?

—Pues verás:

No sé cómo llegué a esa terraza. Era una casa antigua, de ladrillo; no se veía el resto del edificio, ni la calle, ni la ciudad. La terraza estaba encima de las nubes. La casa tenía dos puertas: Una puerta daba al vacío, estaba abierta, pero en medio de la fachada. La otra daba a la terraza, pero no podía ver si tenía escalera o era un ascensor. Ni sabía cómo había llegado, ni cómo iba a salir de allí. Tampoco veía el suelo de la terraza, también estaba oculto por las nubes. Había una barandilla de hierro oxidado, a punto de quebrarse. En mi sueño no había nada más. Era un lugar que me resultaba familiar, aunque no sabía por qué.

—A ver: Lo que yo entiendo, y no sólo por el sueño, sino por cómo te has presentado y porque yo estoy acostumbrada a tratar con mucha gente, es que eres muy tímido, y no te atreves a cortar el cordón umbilical.

«Ya estamos» Pensó León. «Siempre con la misma lata» Y notó que, al instante, sus mejillas ardían aumentando su calor mientras más pensaba en ello. «¿Nunca lograré superarlo?» Y siguió prestando atención a Griselda.

—En tu sueño no sabes dónde estás porque te empeñas en ubicar la terraza como perteneciente a una casa que intentas localizar en una calle de una ciudad. Buscas un sitio concreto. Y no. Estás en las nubes, y cuando uno está en las nubes, las calles, las ciudades e incluso los países, carecen de importancia. Pero ese es el sueño de volar. Un sueño tan antiguo como la civilización, como la historia, yo diría, incluso, que como la Humanidad.

«En las nubes estoy a menudo, sobre todo cuando me sueltan estos rollos. Tendré que prestar atención que esto me cuesta treinta euros»

—Sin embargo, tú no te atreves a volar, por eso en tu sueño no ves el suelo que pisas, el de la terraza, porque está, dices, oculto por las nubes. Anhelas volar, rodeado de nubes por todas partes y así te ves en tu sueño. Pero, en realidad, necesitas sentir tus pies afirmados en la tierra, bien firmes en ella de la cual el suelo de la terraza, por muy alto que esté, no es más que una representación.

—De mayor, una vez vi desde mi ático una terraza parecida. Cada vez que me asomaba, me venía a la cabeza este extraño sueño. Sueño que se repitió, en alguna ocasión, durante mi adolescencia.

—¿Ves? Tengo razón en mi interpretación. Ese sueño se hace presente cada vez que has de tomar una determinación que por lo que sea, te asusta. Mi consejo es que te libres de una vez por todas de este sueño. El Tao Te King hace alusión a tu sueño en esta hojita que puedes quedarte. Te ayudará a tomar una determinación para perder, de una vez por todas, el miedo. Atrévete a volar. “Sé tú mismo” es el peor consejo que puede dárseles a algunas personas, pero no es tu caso. Sé tú mismo. Lucha por ser feliz.

León cogió la hoja que le ofreció Griselda, pagó, dio las gracias y se alejó de la zona pensando que la explicación del sueño, si no era cierta, era adecuada y que iba a llamar a Jaume en cuanto que fuese la hora de comer. Para hacer tiempo, se dirigió al departamento de librería. Los libros para él eran un vicio. Había tenido más de una discusión con su ex mujer por ese tema y eso le había llevado a comprarlos a escondidas. La mañana se le pasó sin sentir entre las surtidísimas estanterías de libros. Le interesaban todos.

Miró el reloj cerca de las dos y media y decidió comer en la cafetería un sandwisch “Cortty”. Bebió un sorbo de la cerveza que le habían servido mientras esperaba el bocadillo y aprovechó para llamar a Jaume.

—¿Jaume?

—Hola León, cuánto tiempo, ¿cómo te va?

—Bien, bien ¿Y tú, cómo estás?

—Bien. Sigo dando clases de Biología en el Instituto a los cafres. Las preparo como si tuvieran interés en aprender. Ya sabes, como siempre. Oye, te he dicho que estoy bien, pero lo cierto es que estoy harto. No soporto más esta situación. Los chicos pasan de mí olímpicamente y yo no he conseguido rehacer mi vida desde mi divorcio de Andrea. ¿Puedo contar contigo? ¿Me harías un gran favor?

—Lo que quieras. Sabes que sí, si está en mis manos.

Y León tuvo la certeza de que todo estaba solucionado, de que por fin podría volar.

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Tras la tempestad viene la calma

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En «Fahrenheit 451» se habla de tempestad. Y aunque el título de esta entrada está inspirado en un día nublado de una ciudad en la que sus habitantes dicen que de ella al cielo y un agujerito para verlo (verlo en masculino, porque es masculino el nombre de esa ciudad), corren tiempos malos para la poesía.

Más bien pareciera que, como en ese día dentro de la masa nubosa se podían apreciar huecos luminosos, ahora podemos disfrutar de momentos iguales.

Pero la conclusión es engañosa. Porque ya nada es igual que antes. Ni los meteorólogos tienen idea de lo que dicen, ni nunca ninguno de ellos ha pedido disculpas por sus errores. Más vale haber vivido en el campo toda tu vida y poder hacer pronósticos a muy corto plazo en la misma tierra, en el mismo campo.

Pero si hablamos de economía, preguntadle a los que saben y tienen contactos con datos contrastados sobre las fluctuaciones del mercado en todos los países globalizados y veréis como os reconocen que no tienen ni idea de cómo responderá la economía y menos de como puede manejarse. Antes la economía servía para explicar los hechos pasados. Ahora ya ni tan siquiera para eso.

Y ¿Qué haremos? Dejar que el conocimiento de estos hechos influya en nuestro estado de ánimo, nunca. Eso sólo es peor para nuestro ánimo, para nuestro propio yo. Por mi parte, lo tengo claro, procuraré ser señor de mí mismo y tratar a los demás de la mejor manera posible.

Pero sobre todo, seguiré tratando con el cariño de siempre a mis libros. No hablaré de ellos ahora porque no queda espacio para ello ni con todo el papel electrónico del mundo.

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El oxímoron «azul Fucsia»

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Sobre gustos no hay nada escrito y para gustos, los colores.

Pienso en este momento en lo absurdo que es forzarse a escribir sobre un tema que requiere mucho trabajo cuando uno trata de hacerlo sin molestar a nadie y con conocimiento de causa, a la vez que no siendo más que un aficionado con muchos años de interés por las Bellas Artes.

Encuentro una página escribiendo “Todos los colores azules” y me encuentro con que han llegado a reunir 108 de ellos, con un criterio que desconozco, pero no voy a entrar en eso.

El caso es que incluyen el azul Klein (IKB) sobre el que me apetecía escribir, pues en su día vi una exposición sobre este artista. El caso es que patentó su azul ultramar cuando en realidad sus cuadros realizados con este color son famosos por su modo de realización, empleando modelos desnudas embadurnadas con el mismo, y por el resultado de las manchas conseguidas tras hacerlas entrar en contacto con el lienzo. Total, que ya no me apetece.

A mi el color que más me gusta, porque me parece que es el más femenino, al menos esa impresión he sacado porque lo aprendí de mujeres y jamás había conocido a ningún pintor que le diera dicho nombre a ese color, es el color fucsia. Se trata del color de la flor de una planta y, consecuentemente, su color es variable de una a otra y de un momento a otro de su vida, como en todo ser vivo.

Unos azules tienen el nombre del material de que se componen y otros hacen referencia a dónde se observan, como el celeste (del cielo) o el ultramar (de más allá del mar).

Y esto me trae a la memoria las palabras de Lanza del vasto en su obra “Principes et préceptes du retour à l’évidence”: «Amas al mar, que para ti no es más que un desierto en el que el viento siembra y recoge la espuma. El mar, indiferente en la bonanza y amenazador en la tempestad, no puede darte sino frío, amargura y muerte. Y tú lo quieres porque lleva el rostro del cielo multiplicado. Ama a los hombres así, amigo y no esperes nada más, ni ninguna otra cosa».

Gracias a un amigo borgeano al que aún no le he leído nada sobre el aleph, he conocido la existencia del cianómetro y también he observado los errores que se vierten con el Prusia relacionándolo con un dispositivo (no me atrevo a darle el nombre de aparato) que no necesita utilizar más que el blanco, el negro y el cian.

Y, en fin, gracias a mi interés por los colores, y como ejemplo de todo lo que uno puede encontrar en el mercado, traigo a colación esta fotografía de un color que yo recordaba como “color carne”, lo cual es una memez como la del fucsia, y que ha resultado ser, cuando he localizado la fotografía que hice en una papelería de Sevilla, “color rosa retrato”

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Para terminar, recurro a mis libros en azul, que tengo unidos unos a otros por las temáticas y cuyo denominador común es el azul, como por ejemplo “BLAU DE PRÚSSIA”, de Albert Villaró, cuyo lomo, al estar metalizado, ya no es el tono de azul de Prusia, y encuentro “El azul de la Virgen” de Tracy Chevalier, en cuya página preliminar cita a GOETHE y su Teoría de los colores. Esta circunstancia me ha hecho disfrutar de: http://www.psicologiadelcolor.es/johann-wolfgang-von-goethe-y-la-teoria-del-color/

Y esto es todo. Creo que he conseguido ser breve.

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¡Por fin pintaré mis huevos!

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Ayer fui a ver a mi amiga Carmen, a su taller de pintura, para ver si guardaba la bata que mi mujer decía que yo había dicho que era una mierda y había tirado. No es que yo estuviera seguro de no haberlo dicho, puesto que uno no puede nunca estar seguro de no haber dicho algo, solamente puede estar seguro de no recordar haberlo dicho, como era mi caso, sino que me resultaba extraño en mi, el comentario de la mierda de la bata. Porque una bata de pintura es una bata de pintura y, por muy manchada de pintura que esté no se deshecha, antes al contrario, en mi caso, que utilizo acrílicos, las manchas de pintura le proporcionan mejor protección contra las manchas de las vestiduras que resguardas.

En su percha estaba mi bata. Carmen me tenía guardado mi ejemplar de la novela humorística Escorpión y Félix de Karl Marx, que yo terminé de leer el 23 de junio de 1975, y además mi caja labrada conteniendo mis huevos de gallina, uno sin empezar, para el que pienso utilizar a Fattori (Las aguadoras Liornesas, 1865) y el otro que hasta esta madrugada no he conseguido recordar que era del prerafaelista Dante Gabriel Rossetti. Y no sólo eso, una bolsa bien cargada de pinturas acrílicas y pinceles sintéticos en perfecto estado, sin utilizar.

Y es que no sólo eso, sino que, cuando salía hacia la parada de autobús para volver a mi casa, oí unos gritos («Ilde, Ilde…») que me hicieron detenerme. Era mi amiga Esperanza, psicóloga clínica, con la que estuvimos hablando de las relaciones de pareja, de que nunca puedes llegar a ponerte en el lugar del otro porque nunca terminas de entenderlo y de cómo yo nunca había entendido que mi compañera de trabajo Amparo, de cuando trabajaba en la oficina de Huelva del Banco Internacional de Industria y Comercio, fíjate si seré antiguo, me dijera que ella se iba a una habitación a oír su radio y leer sus libros y su marido a otra a hacer lo propio.

Yo no lo entendía porque, en aquél entonces acababa de pasar de botones a auxiliar y el banco acababa de ser absorbido por el Banco Central en Huelva. Ya en aquel entonces, existía el Banco Urquijo, donde terminé trabajando. Lo he hecho en el Banco Popular Español, que aún existe como tal y en el Banco Exterior de España, que era banca para-estatal y luego pasó a llamarse Argentaria. Existían el Banco de Bilbao y el Banco de Vizcaya hasta que se fusionaron en el Banco Bilbao Vizcaya. Luego absorbieron a Argentaria y pasó a ser Banco Bilbao Vizcaya Argentaria, alias BBVA.

Ahora, ya, lo entiendo. Me refiero a lo difícil que es la convivencia en cualquier ámbito y a la solución de estar cada uno a sus asuntos. Son, evidentemente, los años. Mi amiga Esperanza enviudó hace un par de ellos y ya está mejor de ánimo. Me aconsejaba relacionarme. Yo argüía que, al fin y al cabo, tampoco se aprende tanto y que stultorum infinitus est numerus (Ecc, 1.15) que dice la Vulgata, y que en román paladino y refranero se dice: Si los idiotas volaran no veríamos nunca el cielo. Puede cambiarse idiotas por las iniciales de la marca Hewlett-Packard o colocar imbéciles en lugar de idiotas o combinar hp con i al 50%. El caso es que su número es infinito más trescientos, como decía mi nieto mayor. Así indicaba una dimensión incluso superior al infinito. Eso dejó de hacerlo hará dos o tres años; ahora, ya con ocho años y nueve meses, ha aprendido que eso no tiene sentido. Por cierto, que también puede decirse estultos y es perfecto castellano.

A propósito. Me tienen harto ya los políticos con lo de no consentir determinada cuestión ni por activa ni por pasiva. A nadie se le ocurre decir no entraremos en tal pacto de ningún modo, o de ninguna de las maneras, o ni de un modo ni de otro, o ni de perifrástica activa ni de perifrástica pasiva, puestos a ser pedantes y a rizar el rizo.

Mi amiga tiene razón, en parte. Pero eso no quiere decir que tenga que apuntarme a ningún tipo de actividad. Puedo perfectamente errer, flâner, vagar, pasear sin rumbo… Y enrollarme con cualquiera como habitualmente hago.

Pero claro, no se trata de aprender. Se trata de mantener diálogos para besugos. Aunque para ello no hace falta vivir en la 13 rue del percebe. Quedarse a gusto después de haber tomado unas cañas.

He conseguido una mesa en mi habitación para hacer los pergaminos y para pintar mis huevos. Ya sé, como decía más arriba, quién es el autor y el cuadro de donde copiar mi huevo empezado, el izquierdo según está colocado en su caja: Se trata de Dante Gabriel Rossetti y su cuadro de 1872 The Bower Meadow (El Cenador del Prado).

Y ya, decido leer, en honor de mi amigo Borgeano el prólogo de Jorge Luis Borges a la obra de Herman Melville «Bartleby el escribiente» (Prólogo de Jorge Luis Borges) de la colección Literatura Alianza Editorial. Y voy a donde lo recuerda mi memoria visual y lo encuentro, pero no tiene prólogo. Pero si yo –que según dice Borgeano, todo lo anoto– he escrito Prólogo de Jorge Luis Borges (donde había escrito sobre el tema, ya he anotado prólogo de Borges para que me sea más fácil encontrarlo) es que tiene que tenerlo. Total: Que efectivamente, lo tiene. Que tengo dos libros. Y que, con la tontería de los editores de hacer la cosa (por la cosa me refiero a la portada) bonita, ahora mismo no sé si la obra lleva o no coma detrás del escribiente, cuyo apellido supongo que lo es, pero podría ser también nombre de pila o apodo según opiniones respetable. Eso sí: Apuesto por la Be mayúscula.

Y, en fin, todo llega a su fin. Termino de leer el prólogo de Borges que me ha parecido espléndido y me ha recordado mi ejemplar del ensayo de G. K. Chesterton a que hace referencia el título de mi libro: «Los libros y la locura y otros ensayos». Y que, esto de escribir es una forma de hablar consigo mismo. Y aquí me vienen a la mente los versos de Machado (…mi soliloquio es plática con ese buen amigo…) y el título de una magnífica obra de Miguel Delibes: «Pegar la hebra»

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